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lunes, 5 de diciembre de 2011

Su primer cepillo de dientes.

El otro día fuimos al súper, y cuando pasaba por el pasillo de los jabones, me acordé de nosequién que decía no se qué en algúna web de la blogosfera maternal a cerca del la adquisición del hábito de la limpieza de dientes en los niños. Y como bebote está a punto de celebrar su primer cumpleaños, mamota, que ya lleva dos semanas con el moco suelto a causa de tan magno evento, decidió que le iba a comprar su primer cepillo de dientes.

¿Seré imbécil? Por lo del moqueo, que da para otro post. No por lo del cepillo.

Así que papote, mamota y bebote nos fuimos a casa todos contentos con un minicepillo de dientes y un tubo de pasta de dientes para niños de más de un año, con un soportable sabor a fresa.

Según el post ese que os he dicho ya que no me acuerdo donde lo leí, se comentaba que era conveniente iniciar a los peques a partir del año aproximadamente, en el hábito de la limpieza de dientes, introduciéndolo como un juego, sin importar mucho si al principio se cepillan un diente o una oreja, haciendo que sea algo divertido, y por supuesto predicando con el ejemplo.

Así que ahora, mamá y papá, cada vez que se lavan los dientes y se acuerdan, y bebote no está siesteando o haciendo cosas más importantes, pues salen del baño, cepillo de dientes en mano, y la boca llena de espuma, a hacerle monadas al niño para que se ría. Cosa por cierto bastante divertida.

A la hora del baño le untamos el cepillo con una migaja de pasta de dientes. Y cuando digo untar, es untar. Esto es, como la que está a dieta y se pone mantequilla en la tostada. Que la estira tanto que casi ni se ve. Pues lo mismo. Para que trague poco y menos, simplemente se vaya familiarizando con el sabor, y si algo llega a algún diente y limpia, pues bienvenido sea.
Así pues le damos su cepillo untado, y mamá hace la mona. Se frota un diente y luego le frota un diente al niño, que se parte el culo por cierto. Sobre todo cuando mamá intenta enseñarle que la pasta no se traga y que hay que escupir. Sonoras carcajadas inundan mi baño.

Resultado: bebote desternillado de la risa coje el cepillo y hace amagos de cepillarse los dientes. A veces lo consigue, otras veces lo muerde. Otras no atina, las menos,  y se frota la campanilla con el consiguiente enfado, con lo que hay que estar atenta. Y pasados unos minutos, se guarda el cepillo y la pasta, y a otra cosa mariposa.

Mi niño crece. Snifs.
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